Tecnología y valores: ¿las herramientas digitales están cambiando lo que consideramos correcto?
En esta entrada del blog hablaré sobre tecnología y valores, algo muy importante para la asignatura deÉtica Informática que imparto actualmente en la Licenciatura en Ingeniería en Sistemas de Información Modalidad Virtual de la Facultad de Informática Mazatlán de la Universidad Autónoma de Sinaloa.
La tecnología suele presentarse como una herramienta: un conjunto de dispositivos, programas y sistemas creados para resolver problemas, automatizar actividades o facilitar nuestra vida. Bajo esta perspectiva, podría parecer que una computadora, una red social o un algoritmo son simplemente instrumentos neutrales y que todo depende del uso que las personas hagan de ellos, pero la realidad es más compleja. La tecnología no solamente nos permite hacer cosas nuevas. También modifica la forma en que nos comunicamos, trabajamos, aprendemos, consumimos información y tomamos decisiones. En ese proceso puede fortalecer determinados valores, debilitar otros e incluso crear situaciones éticas que antes prácticamente no existían. Por eso, una pregunta fundamental de la Ética Informática es:
¿Cómo influye la tecnología en nuestros valores y en la manera en que los ponemos en práctica?
La tecnología no existe separada de la sociedad
Todo sistema tecnológico es diseñado por personas y organizaciones. Durante su construcción se toman decisiones: qué información solicitar, qué comportamiento permitir, qué contenido recomendar, qué datos conservar, qué opciones mostrar primero o quién puede acceder a determinada funcionalidad. En este sentido, muchas de esas decisiones parecen exclusivamente técnicas, pero tienen consecuencias éticas.
Ahora bien, pensemos en una red social, alguien tuvo que decidir qué publicaciones aparecen primero. En una aplicación de navegación, un algoritmo determina qué ruta recomendar. En una plataforma educativa, alguien define qué información del estudiante almacenar. En un sistema de inteligencia artificial se decide qué datos utilizar para entrenarlo y cuáles serán los criterios empleados para evaluar sus resultados. Por tanto, detrás del código también existen decisiones humanas. Esto permite comprender una idea central: la tecnología puede incorporar valores en su propio diseño.
Privacidad: de valor personal a problema tecnológico
Hace algunas décadas, mantener privacidad podía significar simplemente cerrar una puerta, guardar documentos bajo llave o decidir personalmente a quién proporcionar determinada información. En la sociedad digital es mucho más complicado.
Cuando utilizamos teléfonos inteligentes, buscadores, redes sociales, aplicaciones de transporte, tiendas digitales o plataformas educativas generamos enormes cantidades de información. Ubicaciones, búsquedas, fotografías, preferencias, contactos y patrones de comportamiento pueden convertirse en datos almacenados y procesados por sistemas informáticos. La privacidad, por tanto, dejó de depender exclusivamente de nuestras decisiones personales. Ahora también depende de cómo fueron diseñados los sistemas que utilizamos.
La UNESCO considera precisamente la privacidad y la protección de datos entre los principios fundamentales para el desarrollo ético de sistemas de inteligencia artificial. Además, señala que la recopilación y utilización de datos debe realizarse respetando la dignidad y autonomía de las personas Es aquí surge un conflicto de valores muy común: comodidad frente a privacidad.
Estamos dispuestos a proporcionar nuestra ubicación para recibir una mejor ruta, nuestro historial para obtener recomendaciones personalizadas o nuestras preferencias para encontrar contenido interesante. El problema ético aparece cuando desconocemos qué información estamos entregando, cómo será utilizada o con quién será compartida.
Autonomía: ¿decidimos nosotros o decide el algoritmo?
Otro valor profundamente afectado por la tecnología es la autonomía, porque cuando abrimos una plataforma digital, rara vez observamos información elegida al azar. Los sistemas de recomendación seleccionan contenidos utilizando información sobre nuestros intereses y comportamiento anterior. Esto puede ser útil. Una plataforma puede recomendarnos música que probablemente disfrutaremos, una tienda puede mostrarnos productos relacionados con nuestros intereses y un sistema educativo puede adaptar ejercicios a nuestras necesidades, pero existe otra cara del problema:
Los algoritmos también pueden influir en qué vemos, qué compramos, qué pensamos que es popular e incluso cuánto tiempo permanecemos conectados.
La Unión Europea ha regulado los llamados dark patterns o patrones oscuros: diseños de interfaces que pueden manipular a los usuarios para tomar decisiones que probablemente no habrían tomado de otra manera, como proporcionar más información personal, contratar un servicio o dificultar la cancelación de una suscripción. El problema ya no es solamente tecnológico. Es ético.
¿Es correcto diseñar deliberadamente una interfaz para aprovechar debilidades psicológicas del usuario?
La pregunta resulta todavía más relevante cuando los usuarios son menores de edad, en 2026, por ejemplo, la Comisión Europea determinó preliminarmente que características de TikTok como el desplazamiento infinito (infinite scroll), reproducción automática, notificaciones y sistemas altamente personalizados podían contribuir a comportamientos compulsivos y afectar el autocontrol de algunos usuarios. Ese mismo año realizó una determinación preliminar similar respecto al diseño de Instagram y Facebook.
Estos casos muestran cómo una decisión aparentemente sencilla de diseño, por ejemplo, que nunca termine la página que estamos desplazando, puede relacionarse con valores como autonomía, responsabilidad y bienestar.
Igualdad y justicia: la tecnología puede reducir brechas, pero también aumentarlas
Existe una idea frecuente: mientras más tecnología tengamos, mayores serán las oportunidades para todos, pero no necesariamente, aquí la educación digital es un buen ejemplo. Internet permite acceder a bibliotecas, cursos, simuladores, videos educativos, sistemas de inteligencia artificial y universidades situadas a miles de kilómetros. Nunca habíamos tenido acceso potencial a tanto conocimiento. Pero el beneficio solamente existe para quien puede acceder a esas tecnologías.
UNESCO ha señalado que la conectividad continúa siendo muy desigual. Esto es aproximadamente el 40 % de las escuelas primarias, 50 % de las secundarias inferiores y 65 % de las secundarias superiores del mundo cuentan con acceso a Internet.
La tecnología puede entonces producir dos efectos opuestos, puede democratizar el conocimiento, pero también puede incrementar las ventajas de quienes ya cuentan con mejores dispositivos, conectividad y competencias digitales. Aquí entran en juego valores como justicia, igualdad e inclusión. El problema ético no consiste solamente en preguntarnos qué puede hacer una tecnología, sino también: ¿quién puede beneficiarse de ella y quién queda excluido?
Inteligencia artificial: cuando delegamos decisiones
La inteligencia artificial hace todavía más evidente la relación entre tecnología y valores. Supongamos que una institución utiliza un algoritmo para seleccionar candidatos a un empleo. El sistema analiza cientos de solicitudes y asigna una puntuación. Desde el punto de vista técnico puede resultar eficiente, pero inmediatamente aparecen preguntas éticas:
- ¿Con qué información fue entrenado?
- ¿Puede discriminar involuntariamente?
- ¿Quién explica por qué una persona fue rechazada?
- ¿Quién responde cuando el algoritmo se equivoca?
- ¿Puede una persona solicitar que la decisión sea revisada?
Estas preguntas corresponden a valores como justicia, transparencia, responsabilidad y no discriminación.
El marco de gestión de riesgos de inteligencia artificial del NIST (National Institute of Standards and Technology de Estados Unidos) identifica precisamente características que deberían buscarse en sistemas confiables: seguridad, resiliencia, transparencia, explicabilidad, protección de la privacidad, responsabilidad y manejo de sesgos perjudiciales.
UNESCO establece además un principio particularmente importante: la responsabilidad humana no debería desaparecer simplemente porque una decisión haya sido tomada o recomendada por una inteligencia artificial.
Entocnes, vamos a asumir la idea de que no podemos solucionar un problema moral diciendo simplemente: "Lo decidió el algoritmo." ¿Porque? porque detrás del algoritmo siempre existen personas que lo diseñaron, organizaciones que decidieron utilizarlo y responsables que determinaron dónde y para qué sería aplicado.
Honestidad académica en la era de la IA generativa
La inteligencia artificial generativa proporciona otro ejemplo especialmente cercano a estudiantes y profesores, por ejemplo, un estudiante puede utilizar IA para comprender un concepto difícil, generar ejemplos, recibir retroalimentación sobre un programa, mejorar la redacción de un documento o explorar posibles soluciones. En esos casos, la tecnología puede favorecer valores positivos como aprendizaje, creatividad y acceso al conocimiento. Pero el mismo estudiante puede solicitar a una IA que realice completamente una actividad y posteriormente presentarla como propia, aquí la herramienta es prácticamente la misma, pero lo que cambia es la decisión humana y los valores involucrados. Por eso la discusión educativa no debería limitarse a:
"¿Está permitido utilizar inteligencia artificial?"
Una pregunta mucho más interesante sería:
"¿Cómo puedo utilizar inteligencia artificial sin renunciar a mi responsabilidad, honestidad y aprendizaje?"
El desafío ético no consiste necesariamente en evitar la tecnología, sino en aprender a utilizarla responsablemente.
La verdad en tiempos de contenido sintético
Esto e smuy importante, hoy en día es un hecho que está cambiando nuestra relación con la verdad. Porque durante muchos años existió cierta confianza intuitiva en fotografías, grabaciones de voz y videos. Si algo estaba grabado, parecía constituir una evidencia poderosa de que había ocurrido. Actualmente la inteligencia artificial generativa ha debilitado esa suposición. Hoy podemos producir imágenes de acontecimientos que nunca sucedieron, generar voces sintéticas, modificar fotografías y construir videos cada vez más convincentes. Esto no significa que estas tecnologías sean inherentemente negativas. Pueden utilizarse en educación, entretenimiento, accesibilidad, arte y muchas otras áreas, ojo, pero también aumentan nuestra responsabilidad.
Compartir información sin verificarla puede contribuir a desinformar a miles de personas. Crear contenido falso para perjudicar a alguien afecta valores como verdad, dignidad, reputación y responsabilidad. Paradójicamente, mientras nuestras herramientas para producir información se vuelven más poderosas, también necesitamos desarrollar mejores capacidades para cuestionarla. Esto se debe a que la alfabetización digital ya no significa solamente saber utilizar una computadora, significa saber evaluar críticamente aquello que aparece en nuestra pantalla.
Los valores también deben convertirse en requisitos de software
Para quienes estudiamos o trabajamos en informática existe una consecuencia especialmente importante: la ética no debería aparecer únicamente después de construir un sistema, debería formar parte de su diseño, porque cuando desarrollamos software podemos preguntarnos desde el inicio:
- Privacidad: ¿realmente necesitamos recopilar todos estos datos?
- Seguridad: ¿cómo protegeremos la información del usuario?
- Transparencia: ¿comprenderá el usuario qué está haciendo el sistema?
- Autonomía: ¿la interfaz ayuda al usuario a decidir o intenta manipularlo?
- Inclusión: ¿pueden utilizar el sistema personas con diferentes capacidades y condiciones?
- Justicia: ¿un algoritmo podría perjudicar sistemáticamente a determinado grupo?
- Responsabilidad: ¿quién responderá cuando el sistema falle?
Esta visión coincide con los marcos internacionales contemporáneos de ética de la inteligencia artificial. La Recomendación de UNESCO coloca en el centro la dignidad humana, los derechos humanos, la diversidad, la inclusión, la transparencia, la responsabilidad y la supervisión humana. La ética, entonces, puede convertirse en una característica del propio sistema.
Tecnología y valores: una relación de doble sentido
La relación entre tecnología y valores no funciona en una sola dirección., esto se debe a que nuestros valores influyen en la tecnología que construimos, pero la tecnología que construimos también influye en nuestros valores y comportamientos. Por ejemplo, si una plataforma premia constantemente la popularidad mediante números de seguidores y "me gusta", puede modificar nuestra percepción del reconocimiento social. También si una aplicación hace extremadamente sencillo compartir información pero difícil verificarla, puede favorecer la velocidad sobre la veracidad. Y claro, si un algoritmo decide continuamente qué debemos mirar, puede reducir parte de nuestra autonomía, pero también podemos diseñar tecnologías que favorezcan cooperación, accesibilidad, conocimiento abierto, transparencia, participación ciudadana y educación. Por lo anteior, sería incorrecto concluir que la tecnología destruye los valores, pero no es correcto afirmar que siempre los fortalece. Lo correcto es decir que la tecnología crea escenarios nuevos en los cuales debemos volver a decidir qué valores queremos proteger.
El verdadero problema no es qué puede hacer la tecnología
Durante mucho tiempo una de las principales preguntas de la informática fue:
- ¿Podemos hacerlo?
- ¿Podemos almacenar millones de registros?
- ¿Podemos reconocer un rostro?
- ¿Podemos predecir comportamientos?
- ¿Podemos generar automáticamente imágenes, programas o textos?
- Cada vez con mayor frecuencia la respuesta técnica es sí.
La Ética Informática agrega otras preguntas:
- ¿Debemos hacerlo?
- ¿Para qué?
- ¿A quién beneficia?
- ¿A quién podría perjudicar?
- ¿Quién será responsable de las consecuencias?
Estas preguntas serán cada vez más importantes. Aquí el reto de las nuevas generaciones de profesionales de la informática no consiste únicamente en construir sistemas más rápidos, inteligentes o automatizados. También consiste en decidir qué clase de sociedad estamos ayudando a construir mediante esos sistemas, porque detrás de cada algoritmo existe una decisión y detrás de muchas decisiones tecnológicas, aunque no siempre podamos verla inmediatamente, existe también una decisión ética.
Para reflexionar
La próxima vez que utilices una red social, una inteligencia artificial o cualquier plataforma digital, piensa por unos minutos:
¿Qué valores promueve esta tecnología? ¿Qué comportamientos recompensa? ¿Qué información obtiene de mí? ¿Intenta ayudarme a decidir o intenta decidir por mí?
Y si eres tú quien está desarrollando el sistema, agrega una pregunta todavía más importante:
¿Qué valores estoy incorporando, consciente o inconscientemente, en la tecnología que estoy construyendo?
Es cuanto.
Si quieres citar este artículo en tu texto, documento, etc. puedes hacerlo de la siguiente forma:
Fuentes de consulta
UNESCO. Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial. Marco internacional sobre dignidad humana, privacidad, transparencia, responsabilidad, supervisión humana, equidad y no discriminación.
National Institute of Standards and Technology (NIST). Artificial Intelligence Risk Management Framework (AI RMF 1.0). Marco para identificar y gestionar riesgos asociados con sistemas de inteligencia artificial.
UNESCO. Technology in Education: A Tool on Whose Terms? Global Education Monitoring Report. Análisis de oportunidades, riesgos y desigualdades relacionados con la incorporación de tecnologías digitales a la educación.
European Commission. Digital Services Act. Normativa europea que aborda, entre otros aspectos, transparencia algorítmica, sistemas de recomendación, publicidad y patrones oscuros en plataformas digitales.

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